Sarmiento: civilización, barbarie y uniformidad educativa

Desmitificando héroes

Cada vez que en la Argentina se discute una reforma educativa aparece el mismo fantasma: “Sarmiento se debe estar revolcando en la tumba”. La frase funciona porque durante generaciones aprendimos una versión extraordinariamente higienizada de Domingo Faustino Sarmiento: el padre del aula, el hombre de las escuelas, el prócer obsesionado con que cada niño argentino aprendiera a leer y escribir.

Pero el 11 de septiembre también puede ser una oportunidad para dejar por un momento la estampita escolar y leer al personaje real. Sarmiento pensaba la educación como parte de un proyecto mucho más amplio: la escuela debía contribuir a fabricar una nueva sociedad y, con ella, un nuevo tipo de argentino.

Civilización y barbarie

Para entender ese proyecto hay que volver a la oposición que atraviesa buena parte de su pensamiento: civilización o barbarie. De un lado estaban la ciudad, Europa, Estados Unidos, la cultura escrita, el comercio, determinadas formas de trabajo, hábitos e instituciones. Del otro aparecía buena parte de la Argentina realmente existente: el gaucho, el indígena, el mundo rural, sus costumbres, lenguas y formas de organización.

Sarmiento veía allí un problema que debía resolverse. En Facundo describió al mundo rural como un espacio donde la civilización encontraba enormes dificultades y presentó al gaucho como producto de una vida alejada de las instituciones y de la cultura intelectual que identificaba con el progreso.

Cuando escribió sobre las poblaciones latinoamericanas utilizó incluso categorías racialistas y habló de una “amalgama de razas incapaces o inadecuadas para la civilización”. Estas ideas pueden y deben comprenderse dentro del contexto intelectual del siglo XIX, pero eliminarlas del relato impide comprender su concepción educativa completa.

La escuela como máquina de civilizar

Sarmiento quería expandir la educación, pero importa comprender para qué. En Educación popular vinculaba el poder y la riqueza de una nación con la capacidad “industrial, moral e intelectual” de sus habitantes. La educación pública debía aumentar las fuerzas productivas, sociales y políticas de la población.

Eso implicaba alfabetizar y transmitir conocimientos, pero también modificar hábitos, establecer horarios, disciplinar y enseñar determinadas formas de hablar, trabajar, comportarse y relacionarse con la autoridad. Millones de personas debían incorporarse a una cultura común definida por quienes se consideraban representantes de la civilización.

La historiografía educativa ha señalado el carácter “contra-cultural” de esta función socializadora. La construcción del Estado-nación suponía reducir parte de la diversidad existente para superar aquello que las élites entendían como un déficit de civilización. La escuela enseñaba y, al mismo tiempo, normalizaba.

Si una parte de la población representaba la barbarie, la institución escolar se convertía también en el espacio destinado a transformarla culturalmente. Esa dimensión permite comprender por qué el proyecto educativo sarmientino estaba profundamente conectado con su diagnóstico sobre la sociedad argentina.

Las maestras estadounidenses y el modelo a imitar

La llegada de maestras norteamericanas tampoco fue una anécdota aislada. Sarmiento había viajado para estudiar sistemas educativos extranjeros y quedó especialmente impresionado por Estados Unidos y por las ideas de Horace Mann.

Luego impulsó la contratación de docentes estadounidenses para participar en la formación de maestros argentinos y en el desarrollo de las escuelas normales. Consideraba que la Argentina podía incorporar elementos de un modelo que veía entre los más avanzados de su época.

Aprender de otros países no constituye por sí mismo un problema. La tensión aparece cuando un modelo social es considerado superior y la población local debe ser transformada hasta adecuarse a él. Esa lógica estaba presente en el proyecto de civilización que acompañó la expansión escolar.

Igualdad y uniformidad

La escuela común tuvo una potencia indiscutible. Permitió que niños de procedencias muy distintas accedieran a conocimientos que antes estaban reservados a una minoría y contribuyó enormemente a la alfabetización y a la construcción de una experiencia pública compartida.

Esa misma institución podía decidir qué lengua era legítima, qué historia debía recordarse, qué comportamientos eran correctos, qué cultura merecía transmitirse y qué diferencias debían desaparecer. Las culturas indígenas, las tradiciones rurales, las identidades regionales y múltiples formas locales de conocimiento quedaron subordinadas a una escuela que también buscaba fabricar una identidad nacional común.

Por eso decir que Sarmiento quería que todos fueran a la escuela cuenta solamente una parte de la historia. También importa analizar a qué escuela debían asistir, qué debían aprender allí y qué tipo de ciudadano esperaba producir esa institución.

Sarmiento y la libertad educativa

Ante el proyecto de Ley de Libertad Educativa se ha afirmado que una reforma de ese tipo implicaría destruir el modelo sarmientino. El proyecto puede discutirse en relación con su financiamiento, la carrera docente, el papel de las provincias, la autonomía institucional y los límites de la intervención estatal.

También propone principios como la libertad educativa, el derecho preferente de las familias a orientar la educación de sus hijos, la pluralidad de proyectos pedagógicos, la autonomía institucional y el respeto por diferentes identidades culturales, mientras mantiene la gratuidad de la educación estatal, la obligatoriedad y contenidos mínimos comunes.

Por eso resulta llamativo utilizar a Sarmiento como símbolo definitivo contra una mayor pluralidad educativa. Buena parte de su programa buscaba construir una cultura común mediante una institución capaz de transformar una población heterogénea de acuerdo con un determinado ideal de civilización.

Leer a Sarmiento sin el bronce

Reconocer esta dimensión no exige negar sus aportes. Bajo su influencia se expandieron las escuelas, avanzó la alfabetización y se profesionalizó la formación docente. Una lectura histórica seria puede reconocer esos logros y, al mismo tiempo, estudiar los límites de su proyecto.

Sarmiento tenía una idea precisa sobre la sociedad que quería construir. Su confianza en el poder transformador de la educación convivía con una concepción jerárquica de las culturas: algunos modos de vida representaban el progreso y otros debían ser superados. La escuela fue uno de los principales instrumentos de esa transformación.

Por eso, antes de afirmar que Sarmiento “se revuelca en la tumba” frente a propuestas de mayor autonomía, diversidad o libertad de elección educativa, conviene leerlo completo. Sin estampitas, sin guardapolvos y sin bronce.

Detrás del “padre del aula” permanece un debate político que sigue vigente: cuánto espacio debe tener la escuela para acompañar el desarrollo de personas diferentes y cuánto poder debe tener para definir de antemano el ciudadano que una sociedad considera correcto. Revisar esa tensión permite pensar si conservar intacto el modelo de Sarmiento sigue siendo un homenaje a la educación argentina o si ha llegado el momento de superarlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *